Todos hemos tenido ocasión de conocer a algún individuo con el problema de la obesidad, es posible que incluso tú mismo lo tengas o que debas afrontarlo en un futuro no muy lejano, ya que, como habrás podido comprobar, la vida da muchas vueltas.

Comenzando con una serie de números; tal ciudad como en la que resido, Córdoba, se trata no menos de la ciudad con mayor tasa de obesos en todo el territorio español, su 42% de sobrepeso la sitúa aún dentro de la media de nuestro país, pero un 33% de obesidad le dan el primer puesto dentro de este ranking; por tanto, si entramos en un comercio cordobés con 30 trabajadores (con permiso de la actual situación económica), podrás advertir nada menos que 10 personas con este serio problema, el disparate de una tercera parte de ellos; añadiendo 3 más con un problema parecido.

Para rematar, tenemos conocimiento de que un 3% de los cordobeses (lo que supone unos 24.000) padece además obesidad mórbida, de hecho, he tenido el gusto de conocer a alguno de ellos.

Lo cierto es que España lleva tiempo siendo líder mundial en obesidad infantil, con más de un 19% sobre el total, es decir, que de entrar en una clase de primaria con 30 niños y niñas, verás que 6 de ellos ya tendrán un notable problema de salud a tan temprana edad; ni siquiera hemos contado aún a quienes padecerían sobrepeso, son el alarmante porcentaje de un 44.5%, por estadística en esta misma clase contaríamos a 7 más.

Dejando a un lado estos vergonzosos y catastróficos números que no dejan de ser meras cifras de elevado valor; muchos han terminado por dar esto como un asunto sin importancia y propio de nuestra sociedad, tal y como lo son los niños de 12 o 13 años que se emborrachan cada viernes en nuestras calles.

Pensemos en el niño de ocho años con graciosa barriguita que pide a mamá comer en su restaurante de comida rápida favorito cada semana, llevar una palmera de chocolate para los recreos además de merendar donuts y comer fritos la mitad de los días de su vida; la madre, muy buena y demostrando el afecto que tiene hacia su retoño, le concede todos sus deseos y lo ve feliz con su juego favorito de videoconsola durante toda la tarde tras de saciar su apetito.

¡Qué bien!, ¿verdad? Todos felices y tranquilos sabiendo que se ha evitando por todos los medios que le dé una bajada de azúcar al muchacho o se desmaye por cansancio o hambre.

Quedando atrás el ejemplo irónico en el que has visto reflejado a algún conocido tuyo o a quien estas viendo en el reflejo de la pantalla de tu monitor, habrás comprobado que tal vez no hay tanta diferencia entre esto y cebar a un cerdo, con la diferencia de que el propósito no es matarlo y comerlo, sino no mantenerlo contento para no dar dolores de cabeza o tener que perder el tiempo en cocinar verduras o guisos como hacían en el siglo pasado.

Si un padre encuentra a su hijo resfriado, ¿no pone todos los medios para hacer que este se cure? ¿no sigue al dedillo el tratamiento exigido por el pediatra impidiendo que salga de la cama y le proporciona los medicamentos indicados además de protegerlo de los demás virus y bacterias que puedan empeorar su estado?

Todos sabemos (y los progenitores del niño también) que el tratamiento para luchar contra esta enfermedad es también dado por los médicos, es preciso seguirlo y motivarlo a hacer ejercicio físico y proporcionarle una serie de medicamentos no muy caros, la comida del siglo pasado que entienden tan anticuada; además de defenderlos de los enormes virus y bacterias que son la bollería industrial y la comida basura excesiva.

¿Estos padres quieren a sus hijos o crían lechones?

Autor: @JesusPrietoJ